México y lo mexicano: la interminable búsqueda

Curso

México y lo mexicano: la interminable búsqueda

Imparte: Juan José Reyes

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Duración: 32 horas (8 sesiones)

Horario de las sesiones en tiempo real: sábados de 10 a 14 horas

Fechas: del 5 de septiembre al 24 de octubre de 2020

(5, 12, 19, 26 de septiembre; 3, 10, 17, 24 de octubre)

 

INTRODUCCIÓN

Países de naturaleza muy distintas entre sí, como Alemania o México o Estados Unidos por ejemplo, cuentan entre sus constantes culturales la noción de un modo de ser que sería característico de sus naturales, de su propia cultura. Abundan los casos: los ingleses se miran frente a su espejo y se descubren con una sonrisa fría; los españoles no pocas veces en la misma operación hallan el reiterado gesto de la envidia; los cubanos, según cuentan, se quieren “guapachosos”. Detrás de estos lugares comunes, que dicen menos la verdad que un cómodo afán reduccionista, hay sin duda un serio afán de autoconocimiento. La autognosis es quizá mucho más que un mero ademán histórico: forma parte de la médula de la propia historia, del ser mismo de las comunidades, las culturas nacionales.

Los mexicanos se han tomado muy en serio las cuitas y las tareas orientadas a dar con su esencia o con las maneras en que que ésta se manifiesta y va haciendo, y haciéndose, en la cultura, en la historia. Hacia finales del siglo XVII, en los estertores coloniales, el jesuita Francisco Javier Clavijero no sólo realizó una asombrosa historia mexicana sino una suerte de caracterología de los primeros y persistentes moradores de nuestra tierra. Con lo apuntado por él comienza una larga ristra de reflexiones, observaciones y anotaciones que si bien no serán aún una ontología del mexicano (a la que se llegaría alrededor de ciento cincuenta años más tarde como veremos) sí alcanzarán momentos de indudable seriedad y de mucho valor. Por lo pronto bastará recordar que la obra de Clavijero corresponde a las claras a la atmósfera independentista que podía ya respirarse sobre el territorio nacional y que muy poco después animaría los ideales expresos de los curas Hidalgo y Morelos.

En una línea paralela, de naturaleza mucho menos intelectual pero acaso más viva, discurre el camino del periodista y escritor José Joaquín Fernández de Lizardi, cuyos vuelos literarios poseen mucho menor importancia que los del impulso moral e ideológico que su obra contiene. La obra del Pensador Mexicano viene a poner en el escenario nada menos que la existencia que aquel seudónimo enunciaría: la de un pensamiento no ya peninsular sino nativo, formado en el país que entonces comenzaba a luchar por que se reconociera su identidad.

Durante el siglo XIX los liberales se ocupan menos de definir al mexicano que de asegurar su presente y su futuro, es decir su historia. Más que ocuparse en la búsqueda de una esencia nacional, la toman como un dato, un punto de partida, una insignia y como la razón de todo propósito valioso. No tratan los liberales de saber qué es el país y quiénes son los mexicanos sino de fortalecer a la nación y de darle un futuro acorde con la historia del mundo (la historia occidental, como ha de resultar claro). No tratan por tanto de hablar de México y lo mexicano como de una entidad quieta, desprovista de libertad y de un camino que no puede ser otro que el que ellos mismos (México y los mexicanos) tienen que seguir. De esta suerte, describen el país, se asombran ante sus maravillas, recuperan su historia. Piensan, con razón, que leer, escribir, enseñar y aprender es hacer patria. Hermanan la educación y la literatura. Al mismo tiempo, como prueban los hechos, la visión de los liberales va tomando distancia del reino terrenal de la Iglesia. Entre aquellos mexicanos descuella en esta línea específica el historiador y político eminente José María Luis Mora, quien contribuyó también en esa tarea constante de dar con una caracterología del mexicano, al tiempo en que vio en perspectiva la historia nacional.

También los días y los años de la revolución son tiempo de fortalecimiento, simultáneo a una explosiva transformación. En el plano cultural aquel tiempo está marcado por el impulso creador y renovador del Ateneo de la Juventud, cuyos integrantes retoman el espíritu liberal en su sentido más puro e identifican las letras con la misión pedagógica. Antonio         Caso, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y sus compañeros, bajo el suave y efectivo magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña, avecindado en tierra mexicana, exterminan el modelo educativo positivista —impuesto en nuestras aulas por el presidente Juárez y continuado durante el porfiríato— y parten de su esencia de para dar a la cultura nacional un carácter abierto al mundo. Entre todas sus búsquedas, dentro de la línea que es de interés en nuestro campo, sobresale la emprendida por Alfonso Reyes, quien junto a la cortesía como atributo central del trato de los mexicanos halla dos notas que estarían al fondo de su carácter: la hipocresía y el cinismo. Reyes a la vez, convencido de la necesidad de una mejoría moral del pueblo, cumplió el encargo de redactar una cartilla moral, preceptiva que podría contribuir a consolidar las conquistas educativas del gobierno de la revolución en los años cuarenta del siglo pasado.

En esos mismos años la pesquisa del ser del mexicano comienza su momento de esplendor, vértice de factores varios. En el plano de las ideas, un antecedente: El perfil del hombre y la cultura en México que en 1934 da a conocer el michoacano Samuel Ramos (miembro del grupo Contemporáneos y buen conocedor de las ideas que entonces campeaban en Europa en el mundo filosófico —las de Dilthey, Husserl, Heidegger— e inclusive seguidor convencido durante algún tiempo de los postulados de Ortega y Gasset). El libro de Ramos tendría una tan larga resonancia que se extiende hasta la actualidad.

A fines de los cuarenta llega a México un brillante puñado de filósofos españoles. Viene en busca de refugio luego de que en su patria ha triunfado el usurpador Franco, vil y fársica representación del fascismo que oscurecía la vida europea y amenazaba al mundo entero. Cuatro de aquellos pensadores despliegan una fecunda tarea, que dejará un profundo influjo en sus discípulos mexicanos: José Gaos, Joaquín Xirau, Juan David García Bacca y José Manuel Gallegos Rocafull. Son expositores excepcionales, tanto en las aulas como en sus textos (aunque no deja de señalarse, con énfasis extraño, el estilo escritural infortunado de Gaos). Alrededor de Gaos, discípulo cercanísimo a Ortega, se forma hacia 1947 el grupo Hiperión en el que jóvenes estudiantes se dan a la tarea de estudiar muy en serio a los clásicos de la filosofía, a los pensadores de la filosofía en boga y a formular sus correspondientes aproximaciones a una filosofía del mexicano. El trabajo de los hiperiones (Luis Villoro, Emilio Uranga, Jorge Portilla, Ricardo Guerra, principalmente) y de su colega un poco mayor en años Leopoldo Zea, el de mayo cercanía a Gaos, despertará enorme interés en todos los ámbitos de la vida mexicana, no sólo en lo estrictamente ‘cultural’ sino entre el gran público. El curso que tendremos hallará su corazón en aquella obra, de veras asombrosa y llena de una vitalidad que no ha vuelto a aparecer.

El medio siglo (veinte) mexicano encuentra un país en el que se han consolidado las instituciones a la vez que la revolución ha comenzado a ser puesta en cuestión, al aparecer en sus rostros múltiples profundas cuarteaduras. Aquel medio siglo es hora de efectuar un ajuste de cuentas en todos los campos, y muy marcadamente en el cultural. El nacionalismo que había brotado de la revolución, que sirvió de motor ideológico de la formación de instituciones, ve declinar su vigor, de modo que los intelectuales y los creadores abandonan toda complacencia y miran al país y al mundo con ojos críticos, y más limpios.

Los empeños del grupo Hiperión ocurren en una atmósfera propicia, en lo que Ortega y Gasset llamaría, en otras circunstancias, “un clima”. Los cambios pueden percibirse en las letras (de la obra de Agustín Yáñez a la de Carlos Fuentes, pasando por las de José Revueltas, de Juan José Arreola o la de Juan Rulfo), en las artes visuales (la confirmación de Tamayo, la emergencia de Soriano), en el cine (donde Luis Buñuel incorpora nuevos lenguajes)… Los jóvenes filósofos se toman muy en serio sus deberes. Villoro realiza sus primeras dos obras, lúcidos entramados de historia e historia de las ideas (Los grandes momentos del indigenismo en México y El proceso ideológico de la revolución de independencia); Jorge Portilla lee e interpreta a los filósofos cristianos, a los escritores rusos, a los más actuales fenomenólogos y existencialistas y publica ensayos brillantes sobre aquellos asuntos y uno de tema mexicano que le daría enorme notoriedad: Fenomenología del relajo. Ricardo Guerra, más entregado al aula que a la escritura, indaga también los rasgos esenciales del ser del mexicano, y las mismas tareas cumplen los dos “filólogos adjuntos” del Hiperión: Salvador Reyes Nevares y Fausto Vega. Por su parte, Leopoldo Zea, desde el comienzo de su trayectoria, y luego de presentar su obra que llegaría a ser clásica de nuestra historiografía: El positivismo en México, amplía su perspectiva hasta hacer que su mirada alcance no sólo el ser nacional sino el latinoamericano. En este florecimiento de pesquisas, enfoques, nuevas ideas sobresaldrá la obra de Emilio Uranga, llamado por Gaos un “genio” auténtico, una figura de excepción. Uranga, poseedor de un estilo literario de excelencia, original, elegante y transparente, es un filósofo de asombrosa formación, de vastísima cultura y de un ilimitado poder analítico. En 1952 publica su obra Análisis del ser del mexicano, reunión de tres ensayos ambiciosos que pretenden trazar las coordenadas ontológicas de los naturales del país. El libro de Uranga, no sobra anotarlo, está dedicado expresamente al poeta Octavio Paz.

Un par de años antes de la aparición de los ensayos de Uranga comienza a circular El laberinto de la soledad, la gran obra de Paz. Como su correlato filosófico uranguiano, el libro de Paz reconoce un punto de partida: el trabajo de Samuel Ramos ya referido antes. La larga vida del laberinto no dice más que la grandeza de su estilo y la profundidad de sus alcances. Tampoco puede dudarse de que el libro de Paz, así como la vigencia de su interés entre legiones de lectores, dice a las claras que la búsqueda del mexicano delante de su propio espejo mantiene y mantendrá su brío.

 

OBJETIVOS

El desarrollo de este curso supone el análisis de dos asuntos, en primer término: el de obras determinadas (de la de Alfonso Reyes a la de Octavio Paz) y el de los ambientes (o ‘contextos’, como suele decirse en los días que corren) en que se gestan aquellas obras. De este modo, y porque la búsqueda del mexicano de su propia esencia es asunto central en nuestra historia, el curso mismo puede ser entendido como un recorrido por momentos y situaciones axiales de la cultura del país.

            Veremos preguntas y respuestas. Preguntas:

  • De qué mexicano se habla cuando se habla de ‘el mexicano’.
  • Por qué el mexicano pregunta lo que parecería ser de plena evidencia: cuáles son los rasgos de su modo de ser sobresalientes y comunes, más allá, supuestamente, de las épocas y de las geografías.
  • ¿Puede hablarse de un ser nacional, quieto, inalterable, mientras pensamos que el ser de los seres humanos es por naturaleza histórico, movedizo y cambiante?
  • La búsqueda del ser del mexicano, ¿no esconderá intenciones más bien ideológicas, perspectivas que buscan justificar desde el poder el estado de cosas prevaleciente?

El entramado de estas preguntas y sus respuestas probables constituyen la esencia del curso. La urdimbre de tal entramado irá desarrollándose en cada una de las sesiones.

 

METODOLOGÍA

En cada sesión habrá una exposición central que servirá de guía de las ramas que de ella irán desprendiéndose. Aquel tronco correrá por cuenta del maestro o profesor, y las ramas y las flores brotarán de las luces de todos los participantes.

 

PÚBLICO AL QUE VA DIRIGIDO

Un público informado, no especializado. Es deseable que conozca las líneas principales de la historia, las letras y la filosofía en México. Puede provenir del bachillerato, de cualquier carrera universitaria… Un público dueño sobre todo de curiosidad.

 

REQUISITOS DE ACREDITACIÓN

Dos cosas serán necesarias: un 80% de asistencia y un trabajo final, en forma de ensayo, acerca de uno o más de los temas vistos.

 

TEMARIO

1. Antes y después de la revolución (4 horas de duración, es decir una sesión de 4 horas)

a) Un nuevo humanismo, un nuevo México: el Ateneo de la Juventud

b) El mexicano visto por los ateneístas (Caso, Vasconcelos)

c) Cómo es el mexicano, desde la mirada de Alfonso Reyes

d) La patria nueva de Ramón López Velarde

2. El nacionalismo revolucionario y sus adversarios (4 horas de duración, es decir una sesión)

a) “No hay más ruta que la nuestra” (Siqueiros)

b) Los Contemporáneos

c) La mirada de un excéntrico: Jorge Cuesta

d) Mexicanidad y universalidad: Alfonso Reyes

e) Una figura central: Samuel Ramos

3. Los nuevos aires: el transtierro español (4 horas de duración)

a) Obra e influencia de José Gaos

b) Los trabajos y los días en México de Joaquín Xirau, Juan David García Bacca, José Manuel Gallegos Rocafull

4. El Hiperión / El laberinto (20 horas de duración, es decir 5 sesiones: cada una de 4 horas)

a) La formación del grupo

b) Vida íntima del Hiperión

c) Los personajes y su modo de convivir

d) Las figuras centrales: Emilio Uranga. Jorge Portilla, Luis Villoro

e) ¿Hay uno, dos, cuántos Méxicos para el Hiperión?

f) Luces de Paz

Dirección

Circuito Estadio Olímpico Universitario s/n, frente a la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas de Ciudad Universitaria, México D.F.

Teléfonos

04455-7424-9769

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